Lo que más recuerdo I: Pasión desatada


Todavía me acuerdo de las risas, de aguantar, de mirar para otro lado, de hacer parecer al mundo que no importaba. La pasión que siempre tuve a estos colores me llevaron a sufrir durante la mayor parte de mi adolescencia.

Concretamente recuerdo los 6 años de instituto, donde mi equipo, aquel que siempre yo defendía con tanta insistencia, vagaba en la mediocridad mientras ellos, los rivales, la mayoría de mis amigos, cargaban con especial crueldad contra uno de los pocos cules que conocían, yo. Tuve que aprender a vivir con ello, a soportar el ver a aquel Real Madrid ganar 3 copas de Europa, mientras que la única que tenía tu equipo no pudiste disfrutarla porque a tus 6 años de edad no comprendías de que se trataba.



Esperé y soñé con ese momento. Hablaba con mi mejor amigo de ello como si de una batalla épica se tratase, donde los de tu equipo parecían que volaban en caballos alados rodeados de un aura resplandeciente, y los demás, la mayoría, fueran demonios despiadados, exentos de toda racionalidad. Era nuestra guerra, nuestro sueño, nuestra quimera.

Cumplí los 19 años aquel 2005, en el que parecía que navegábamos con viento a favor, a la llegada de 2006 me atreví a regalarle a mi hermano aquel poema visionario, donde predije que acabaríamos con nuestro viaje por el desierto. A principios de mayo me acuerdo de la conversación que Fran y yo mantuvimos en la que saboreamos la miel de la victoria y finalmente aquel 17 de mayo, se nos brindó nuestra oportunidad.

Y allí estábamos reunidos todos, no faltó ninguno. Eramos una mezcla bastante heterogénea de amigos donde la mayoría teníamos tan poco en común que nunca nos hubiéramos reunido de no ser porque un sentimiento especial nos reunía. El escenario era Saint-Denis, en el mismísimo París. Todo parecía de color de rosa pero nadie nos advirtió que los últimos escalones de aquella escalera serían los más complicados de subir. Y todos nos dimos cuenta de ello cuando aquel color rosa oscureció hasta tornarse en un gris pálido a raíz del primer gol en contra. Ese gris pálido se fue al descanso y a la vuelta siguió oscureciendo. Oscureció nuestros rostros, nuestra autoestima. Podría ser posible que perdiéramos justo ahí. ¿Toda nuestra rabía contenida se ahogaría con el peso de sus cadenas?. A mitad de la segunda parte todo parecía indicar que sí. Pero en el ocaso del partido el balón de oxígeno que nuestro equipo necesitaba, es más que nuestros corazones necesitaban, llegó. La euforía se desató y con ellas llegó la calma que precedió a la tormenta. Calma que duró apenas unos minutos cuando la balanza calló definitivamente de nuestro lado y entonces fue la explosión de placer, de soltar el pesado lastre de aquel pasado arrastrado, del abrazo con mi mejor amigo. De las lágrimas para llorar cuando mereció la pena. Nuestro sueño por fin se había cumplido.

Y es que no pudiera haber definido aquel momento con cualquier frase célebre del fútbol, solo con esta:

"Algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte. Pero es mucho más importante que eso"


https://www.youtube.com/watch?v=AZjuVRrsWa0#t=45s

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